Poco queda en los espacios coworking del modelo convencional de oficina, dónde se busca economizar el espacio y dotarlo de las mínimas distracciones posibles, creyendo así que el trabajador será más productivo. Es cierto que el concepto, la intención y el resultado de ambos es muy diferente, pero esto no sería palpable sin algo físico que lo apoyase: El Diseño.

Diseño y coworking están íntimamente relacionados. El diseño de un espacio debe contar una historia, y la historia del concepto coworking es algo digno de plasmar. Si bien es cierto que no hay unas pautas escritas acerca de cómo debería ser este espacio, basta con ahondar en el concepto para tener unas nociones.

La propia palabra lo deja entrever, un coworking es compartir. Parece por tanto obvio que el espacio se debe prestar a esto, derribando en la medida de lo posible todas las barreras físicas dentro de él. No obstante, lo innecesario de las barreras físicas no está reñido con la posibilidad de integrar barreras visuales.

Es interesante concebir el espacio como diáfano, de forma que los coworker puedan interactuar fácilmente, pero la posibilidad de definir los espacios mediante mobiliario o paneles, crea un sinfín de posibilidades.

Pero no siempre se puede disponer de un gran espacio abierto, aunque en este caso no es tanto una cuestión de tamaño, como de sensaciones. Y ahí reside la esencia a la hora de concebir el espacio de coworking: No importa dónde esté el espacio, ni sus dimensiones, lo importante es lo que transmita a las personas. Y debe transmitir fluidez.

Esa fluidez se puede conseguir siendo realistas con el número de puestos de trabajo. Obviamente el espacio debe ser rentable, pero en este caso se debe valorar más la calidad que la cantidad. Es más prioritario tener a un coworker cómodo, que a tres descontentos. De todas formas, se puede jugar con la distribución de los puestos de trabajo, para no perder la sensación de libertad dentro del espacio. Optando por una distribución central que permita un recorrido perimetral o, por lo contrario, situar los puestos de trabajo en el perímetro del espacio, generando un punto de reunión en el centro. Esto dependerá mucho de las características del espacio.

Otra cuestión importante es la elección de materiales, colores y texturas. No debemos olvidar que la idea primera de un coworking es la creatividad, y eso debe ser palpable desde el primer momento. Existen infinidad de ejemplos de espacios llamativos y arriesgados, que lejos de distraer al trabajador, lo convierten en más productivo. Y ahí reside la magia de estos espacios. Deben ser espacios a los que uno tenga ganas de ir, en el que se sienta cómodo, incluso en el que recupere una parte de su niño interior.

Es por esto que no se debe tener miedo a la hora de diseñar un coworking. Cuanta más creatividad irradie mejor. La creatividad llama a la creatividad, y eso es lo que se busca.

En cuanto a mobiliario, la originalidad sigue siendo fundamental, no se debe tener miedo a combinar estilos y piezas que a priori no pegarían ni con cola. Igual que en sus coworkers, el espacio admite variedad en sus muebles. Sillas de diferentes colores, modelos, épocas, incluso de diferentes alturas.

Al final, la cuestión es disfrutar. Disfrutar del espacio y con el espacio.

En conclusión, el espacio de coworking debe ser un espacio fluido, original y sobre todo un espacio en el que sentirse a gusto ya que, si todo va bien, muchas personas harán de él su segunda casa.

Artículo redactado por: Marta García Ríos

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